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ABRAZO DE ALMAS

19 abr 2025
5 min de lectura



No recuerdo cuándo, ni cómo comenzamos a trabajar juntos.

Empecé a involucrarlo más en mis proyectos. Yo bien flaquito, como siempre he sido, necesitaba de un toro como Juancho para mover cosas y hacer actividades extremas: palear arena, cargar materiales… ahí estaba él, de una. Jejeje, mi fortachón.


Por ese entonces había creado la empresa de diseño de parques Coyote Entretenimiento. Veníamos haciendo diferentes trabajos y la relación entre nosotros comenzaba a sentirse más hermanada, por así decirlo. Encontramos un punto que nos apasionaba: las cuerdas. Creería que fui yo quien le mostró el arte de amarrar… irónico, ¿no?


Uno de esos proyectos —que más parecían paseos que trabajos— nos llevó a San Félix, en Medellín, Colombia. Una zona caracterizada por los deportes y actividades extremas: parapente, canyoning, ziptrek, hiking, rappel, escalada en roca natural, etc. Había conceptos que no conocía. Era nuestro Disney.


La idea sale de Pipe Restrepo, otro personaje clave que apareció en mi vida (después les contaré de él). Estábamos montando un proyecto de hostal de aventura para extranjeros amantes de este tipo de actividades. Un lugar acogedor, pequeño, conectado con la naturaleza: camarotes, equipo de escalada, cuerdas, mosquetones, trajes de neopreno… todo eso me causaba una gran curiosidad. Era especial y novedoso para nosotros. Escalada dentro de rocas y cascadas… nunca lo habíamos hecho. Era una idea ganadora.


El 26 de enero de 2011 (lo busqué en Facebook), estábamos allá: Pipe y su novia, Juancho y yo. Ese día la idea era aprender sobre las actividades y el terreno. Entramos a una zona mágica, con rocas inmensas, donde el ruido generado por el agua se mezclaba con el canto lejano de las aves. Escucharnos no era fácil, así que nos comunicábamos por señales y gritos. Nos dábamos las instrucciones antes de entrar a cada actividad. Fue muy emocionante. La adrenalina estaba a tope. Cada paso era aventura, aprendizaje, sensaciones… y mucho frío. El agua era HELADA, que hp frio….


En uno de esos momentos del recorrido, comencé a entrar en hipotermia. Yo creía que no iba a poder continuar. Mi cuerpo, por ser tan delgado —o “flaquito”, como decimos nosotros— no tenía la grasa suficiente para mantener el calor. Teníamos que entrar y salir constantemente del agua, así que el traje de neopreno no servía de mucho en esas condiciones. No era como cuando uno bucea, que el agua se mantiene caliente dentro del traje.


Fue entonces cuando Juancho, en ese momento de frío extremo, me enseña algo que jamás olvidaré: que si abría los brazos, como en cruz, podía calentarme. No lo creía al principio, porque por instinto uno tiende a enrollarse, a cerrarse. Pero lo hicimos… y funcionó.


Parecíamos dos gallinazos parados en una roca, mirando el paisaje. Jejeje. Fue muy divertido, a pesar del frío.


Continuamos el recorrido. Había pruebas realmente complicadas. A veces el camino simplemente desaparecía y teníamos que tomar actos de fe. Una de esas pruebas fue atravesar literalmente una cascada, sin saber qué había al otro lado. Salíamos por la parte trasera, sin rumbo claro, guiados solo por el instinto. O entrábamos por huecos y salíamos por otros que Pipe de alguna forma encontraba. Ese man tiene un don… no sé cómo hacía para leer la montaña. Era como si le hablara.


Todo el recorrido estaba lleno de magia y asombro. En una ocasión perdimos el camino de nuevo y nos encontramos al borde de una gran roca, con una piscina natural abajo. Otro salto de fe. Pensé en devolverme. Todos habían saltado. Yo era el último. Desde abajo me animaban, pero el miedo me tenía paralizado. Era muy alto. No lo iba a hacer. Simplemente no.


Pero entonces Pipe me dice:

—“Andy, no hay otro camino. Toca saltar de verdad.”


Ahí lo entendí. Tocaba dejar atrás mis miedos. Y salté.


Fue emocionante. No tengo cómo describir ese momento. Abajo, todos me abrazaban y gritábamos de euforia. Estábamos en el punto más alto de la adrenalina. Era una experiencia fuerte… poderosa.

Después del salto, Pipe nos reunió a todos y nos lanzó una advertencia clara, de esas que te calan hondo:


—“Bueno muchachos, todo ha estado muy bacano, vamos bien, pero la prueba que sigue es la más complicada. Quiero que estén bien concentrados, porque lo que viene es peligroso. Y si les digo que es peligroso, es porque así es. Es una cascada de más de 30 metros de altura, y si no hacen exactamente lo que les voy a decir, no hay nada que yo pueda hacer por ustedes. El espacio es pequeño. El que va llegando ayuda al otro a salir, y así nos vamos rotando. Pero escuchen bien esto: por nada del mundo suelten la cuerda. ¿Me entendieron? No suelten la cuerda.”


La frase quedó retumbando en mi cabeza.


Comenzó él como guía. Hizo el recorrido y al llegar al final, nadó con fuerza, se agarró de la cuerda (una cuerda verde encendida, con nudos), y trepó hasta una roca pequeña donde apenas cabían dos personas. Luego fue el turno de su novia. Lo mismo: pasó, se aferró, subió. Luego Pipe se movió para dejar espacio.


Juancho fue el siguiente. Lo hizo bien, fuerte como siempre. Se acomodó al lado y me gritaba:


—“¡Dale Andy que aquí te agarro!”


Me lancé.


La corriente era brutal, arrastrándome apenas a unos metros de la caída. Logré agarrarme de la cuerda, esa cuerda que nos había advertido que no soltáramos bajo ninguna circunstancia. El agua me tiraba, pero logré subir. Me aferré con fuerza.


Y ahí ocurrió lo impensable.


Todo pasó en cámara lenta. Sentí que el tiempo se quebraba. De repente, veo a Juancho caer al agua. Había perdido el equilibrio. Ya no estaba parado en la roca. Estaba ahí, en el punto que Pipe nos había dicho que era el más peligroso.


Vi en su rostro una expresión que jamás voy a olvidar. Era como si dijera: “Hermanito… la cagué. Chao.”

Una mirada de despedida.


No hubo tiempo de pensar. Solo instinto.


No sé cómo lo hice. No recuerdo los detalles. Solo recuerdo estar parado, viendo cómo el cuerpo de Juancho era arrastrado hacia la muerte. Me agaché, lo agarré del traje, y literalmente me lancé ese toro encima, tirando con todas mis fuerzas.


No sé de dónde saqué tanta energía. Tal vez del alma. Tal vez de la historia que nos une.


Lo rescaté. Quedamos acostados uno sobre el otro en ese pequeño espacio, jadeando. Nadie más. Solo nosotros dos. Fue un momento suspendido en el tiempo, como si el universo nos hubiese dado un nuevo inicio.


Nos miramos a los ojos. Juancho me dijo:


—“¡Andy, marica… me salvaste la vida, hijueputa!”


Nos abrazamos y nos pusimos a llorar.


Fue un momento de reseteo total. Un salto cuántico en nuestra relación.

Un reinicio de la matriz emocional entre nosotros.

Ya no había resentimiento. No había dolor. No había amargura.

Todos los rencores de mi infancia hacia él… fueron borrados en ese instante.


Conclusión


Ese día no solo rescaté a mi hermano de una corriente que casi se lo lleva... también rescaté algo más profundo: la hermandad que creí perdida, la confianza rota de la infancia, el amor dormido entre tantos años de heridas.

En ese instante comprendí que la vida siempre nos da una oportunidad de sanar, a veces en el borde del abismo, a veces bajo una cascada que ruge como los viejos silencios que nunca supimos decir.


Lo que sucedió ese 26 de enero del 2011 no fue solo una aventura extrema en la montaña… fue una ceremonia de transformación.

Nos volvimos a encontrar. Nos abrazamos no solo como hermanos, sino como almas que decidieron no soltarse más.


Desde entonces, todo cambió. Y aunque la vida ha seguido siendo montaña rusa, ese momento quedó anclado como un faro.

Un recordatorio de que cuando se ama de verdad, uno se lanza, uno tira, uno salva. Y también se deja salvar.

 
 
 

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